Apolo y Ariadna

Blog personal

Blog sobre los hilos, los laberintos y las travesuras de los chicos malos

Las calles en que viví (Calle Requetés de España, 16. San Fernando - Cádiz)

Escrito por ApoloyAriadna 10-06-2018 en Poemario. Comentarios (0)

Calle Requetés de España, 16. San Fernando (Cádiz)

Hay calles que matan, calles que juegan con el destino y que pueden decidir sobre el mismo según sea la dirección que tomemos, eso fue también lo que pensaba Antonio Fonseca cuando, tras una refriega con la policía en la pequeña localidad de Arrecife (Canarias), dio con sus huesos en un portal de la calle de la Porra. En realidad no somos conscientes de la influencia que tiene vivir en una calle u otra, solo le prestas la atención suficiente cuando renuevas el DNI, pides un crédito en el banco o tienes que enviar un whatsapp con tu dirección a un amigo, es entonces cuando el peso de ese nombre puede hacer que tengas que contar el chiste de rigor o hacer mutis por el foro, que suele ser lo mas conveniente en estos casos.

La primera casa en la que viví, fue la misma en la que vine al mundo una apacible noche de abril de hace ahora sesenta años. Estaba situada muy próxima a la centralidad de la zona militar en la que destacaba la Capitanía de Marina de San Fernando, en la provincia de Cádiz. La calle, que lejos de tener la enjundia que su nombre supondría, la de los Requetés de España, -así, sin complejos-, era en realidad un callejón encalado atestado de cierros típicos en las casas bajas de la Isla. Tuvieron que transcurrir muchos años hasta que alguien, después del 75, decidiera en un arranque de cordura cambiar el nombre de semejante despropósito. A partir de entonces, y por unanimidad en el Consistorio, vino a llamarse calle del Vicario. No pondría el más mínimo reparo al término siempre que se hubiera conseguido desplazar a los aguerridos soldados carlistas, pero me temo que no, que los lugareños siguieron usando el antiguo nombre carlista del requeté y eso escuece amigo lector.



Debo admitir que, por otro lado, sentía una malsana curiosidad por conocer, si no la vida y milagros de aquellos tipos que usaban bombachos y boina roja, al menos saber de dónde habían salido, qué hacían por todos los rincones de España, y lo que más me afectaba a mí, por qué había nacido yo allí. En lo que respecta al mundo carlista, la palabra requeté tenía su origen en el tercer batallón de voluntarios carlistas de Navarra, que inicialmente fueron cuatro. No pude dar crédito inicialmente a esta historia, pero como digo, seguí indagando hasta descubrir que efectivamente las agrupaciones militares que se crearon al principio fueron cuatro y cómo no, también fueron bautizadas. “Salada”, “Morena”, “Requeté” y “Hierbabuena”. Ya veo, yo nací infante del tercer batallón de carlistas , aunque por proximidad hubiera podido ser, dada mi condición de andaluz y cañaílla, también de cualquiera de los dos primeros batallones, ya que saladas y morenas no faltaban en mi tierra, y no digamos ya si hablamos de hierbabuena.

En una ocasión, mientras todavía vivía en San Fernando (lo hice hasta los quince años) consulté sobre el asunto a un cura falangista que estaba empeñado -sin éxito- en que me alistara en la organización de las juventudes española. Preguntado sobre la curiosa denominación y referencia, extrañas por completo a las expresiones que yo, aún verde en muchos aspectos de la vida, sospechaba eran ajenas al léxico y al gracejo de mis paisanos. “Requeté, hijo mío -decía aquel cura al que le olían las manos a pan de higo- viene a corregir la letra de una canción que le cantaban a esos soldados cuando tras la contienda bajaban de los montes. Sus ropas volvían hechas jirones, y sus compañeros les cantaban Tápate soldado, tápate, que el culo se te ve. Y claro estas expresiones libertinas, -añadía- aún cuando tuvieran su encuentro en la inocencia, llevaban inexcusablemente a las sendas de la concupiscencia por lo que lo más adecuado era aquello de Tápate soldado, tápate, que se te ve el requeté”. “¿Has entendido hijo mío? -preguntaba entonces mientras ponía sus manos de higuera voluminosa sobre mi cabeza. “Si, padre” -contestaba yo con una urgencia que delataba mi asombro. “Si, si, ahora entiendo padre”. Pero no era cierto, quién podría entender aquel enrevesado lenguaje de cura cuartelero.

En la España de 1957 la vida era en blanco y negro, pero la calle en donde vivía era diferente por que toda ella era enteramente blanca. A veces se colaba el albero en algunos zócalos, sin embargo aquel ocre era lo menos parecido al gris ceniciento que cubría todo el país. La casa, a la que seguí visitando solo desde el exterior siempre lució un blanco cegador hecho de añiles y de cales, y era la única que tenía dos plantas con azotea. El lujo es lo más personal que existe y aquella azotea tuvo que ser uno de los altillos más lujosos desde el que se podían ver el mar y los esteros. Esto es de las pocas cosas más ciertas que he tenido en la vida. Mis padres habían logrado alquilar una habitación con vistas en el piso superior de una de las casas más bonitas de la ciudad. Desconozco el régimen de alquiler que firmaron, o si firmaron algo, pero lo cierto es que durante los primeros meses de mi existencia, vivimos desahogadamente hasta que la vida nos acercó aún un poco más a aquel mar que mis progenitores atisbaban desde la azotea.

No creo que pueda extraer más recuerdos de esta calle, como tampoco podría sacar más conclusiones de aquellos tipos con boina roja más allá de pavonearse durante los acontecimientos religioso-festivos y de amargar la vida de los que pensaban que eran unos meapilas con bombachos, tuvieran o no azoteas.


Poemas de Noviembnre

Escrito por ApoloyAriadna 25-11-2017 en Poemas. Comentarios (0)

 

20 – XI – 2017

El mar devuelve todo lo que no es suyo.

Suyos son los jirones de algas,

la molicie de los caparazones,

la espumosa balumba de las olas.

Suyo es el juego de las mareas,

el olor a yodo, el salitre corrompido.

Pero suya no es la brea del calafate,

suyas no son las redes en la almadraba,

la basura cósmica de Juan Salvador Gaviota,

ni la pitanza de plástico pero si lo es el cachalote moribundo.

No es suyo el arsénico, las escamas de mercurio,

ni el cuerpecito frágil y húmedo de Aylan Kurdi

que las fauces del mar devolvieron sigilosas

durante una aqua alta a la playa turca de Bodrum.



21 – XI – 2017

Todavía quedan tantas cosas por hacer.

Cada día que pasa se acumulan sin piedad.

Tan solo hoy he tomado nota de algunas de ellas:

Pasear a Cloe por el parque, comprar dos baguettes,

leer el último capítulo de La muerte en Venecia,

contarle a mi nieta que la libertad no siempre estuvo ahí,

comprar un bote depomodoro all’olio,

ir a Venecia para volver a ver un cuadro de Sorolla,

llamar a los amigos antes de que las sombras los escondan,

escribir una necrológica a los salmones tras el desove,

preparar un vermú al mediodía,

buscar en la geografía de tu espalda,

esconder los endecasílabos para no caer en la abulia,

pasear al atardecer sin que quepa ninguna excusa,

obligar a buscar diez minutos de silencio todos los días,

visitar los cementerios, darle la vuelta a los calendarios,

volver a pasear con Cloe, releer La consagración de la primavera,

ordenar los recuerdos algunas veces,

luchar contra el Alzheimer contando hacia atrás,

repetir tu nombre al menos tres veces al día,

seguir recordando todas las cosas que me quedan por hacer.



22 – XI – 2017

De entre todas las estaciones es el otoño

la más parecida a un apeadero ferroviario.

El inicio de la estación amarilla tiene su origen

en un destartalado andén al norte del río Tallahatchie,

en el condado de Yoknapatawpha.

Los primeros gemidos salen de un chamizo

destartalado y de ahí se extienden como un susurro ocre

de hojas y acaban amontonados a la entrada de Jefferson,

otra ciudad invisible que Calvino prestó a Faulkner

para tener una excusa, y dar que hablar a esa torrija de tiempo

que transcurre desde mediados de octubre

hasta bien entrado el mes de diciembre.

Por eso, los apeaderos y las marquesinas con reloj,

tienen tanto en común con el otoño,

esa estación amarilla desde la que siempre

andan partiendo trenes hacia el invierno.



23 – XI – 2017

Tampoco ha ido tan mal. Algunos achaques,

acaso las incomodidades propias de la senectud.

Tropiezos, olvidos, un poco de tos, el asma

y, sin embargo, me cuesta alejarme de los días primeros.

¡Cómo ha pasado el tiempo!

No sé si son igualmente dolorosos

los días felices como los que nos hirieron esos años.

Parece absurdo, pero son recuerdos tan felices

que si no fuera porque los he vivido con certeza,

diría que su falsedad ofende. ¿Por qué no vuelven?

¿Por que se prodigan tan poco por esta acera de los años?

Yo siempre estoy al acecho. No necesito correr,

tampoco saltar, solo me aliviaría si me quitasen

esa losa del pecho que no me deja respirar,

y así no puedo dar el hálito suave y apacible,

alcanzar la escasa cima de un médano en la playa.

Bueno, tampoco me ha ido tan mal.



24 – XI – 2017

Tienen los hoteles algo de refugios permanentes,

todos ellos, incluso los que nos resistiríamos

a considerar como hoteles propiamente dichos.

Lo tienen las ventas de El Toboso a las que volvían

una y otra vez caballeros y gobernadores de ínsulas,

lo tienen las recogidas celdas de cenobios y monasterios,

las rurales posadas de entre caminos,

los acogedores hoteles de provincia,

las singulares casas solariegas al pie de las montañas,

y de entre ellos destacan los templos alzados al recogimiento

como la Clínica Gastronómica Arnaldo,

en la Rubbiera italiana, El Grand Hotel de Rímini

con su lujo elenco de camareras y cuberterías de plata,

el Hotel Boutique de Trujillo en donde nació Orellana,

tan en alto que pudo haber divisado el Amazonas desde allí,

el Hotel Convento don Benito de La Guardia

a los pies de un monte celta desde el que guardan los sueños,

el Palazzo Catalani inmerso en la Umbria

dominando desde la altura el Parque de los Monstruos

donde pasean los personajes que Mujica Lainez

nos dio a conocer al Duque de Orsini en Bomarzo,

lo tiene el Hotel Inglaterra a los pies del Albaicín,

lo tienen todos aquellos en los que el viajero

ha podido dejar durante la noche sus sueños sobre la almohada.


Hipatia y los pantógrafos

Escrito por ApoloyAriadna 09-09-2017 en Poemas. Comentarios (0)




Los geómetras sirven para encontrar lunares

y calcular el ángulo del ábside con los presbiterios.

Un buen geómetra puede medir la sombra

que los almuédanos proyectan desde el minarete

o multiplicar el gesto del tirano mientras decide

sobre la decapitación de los talismanes.

El geómetra crepusculario duerme con un pantógrafo,

sueña con un pantógrafo y ama bajo la tramoya

en donde las costillas fueron las maromas del barco

en el que en vez de brújula se navega con pantógrafos.

Por eso cuando los geómetras están entre nosotros

se dedican a medir los planisferios y coquetean

con náyades o matronas, y las matronas entretanto sueñan

con ser Hipatia y llevar un pantógrafo

para copiar, copiar y volver a copiar el delicado

gesto que nunca ha pasado desapercibido a los amantes.

Pero solo un geómetra podría averiguar cuál es el camino

a la nada y por qué tienes un lunar entre el coseno

de tus pechos y la tangente de tu escápula.


De pronto bajo el cielo... (28 - V- 2017)

Escrito por ApoloyAriadna 28-08-2017 en Poemas. Comentarios (0)


28 – V – 2017


De pronto bajo cielo hay otro firmamento,
y las cometas de seda vuelan y son eclipses
del tamaño de una naranja.
Todo el horizonte del desierto
es un incendio fronterizo,
pero hablo de un oasis que no llega.
Hablo del polvo que va cargando el aire y lo vence,
hablo de las ciudades que se han dejado arrastrar
por el siroco y las respiro, hablo de Abdiján
y los treinta y ocho torreones de Arg-e-Bam,
hablo de la planicie gris de Tamanrasset.
De todo lo que hablo se va llenando
quedamente el aire: el pan de azúcar
que se vende a las afueras de Kermán,
los cinceles de viento que hicieron tremolar
la túnica del tuareg, la humedad fronteriza
de la tarde y un reguero de té.
Ahora sopla el viento y sobrevivo.


Un Año de Poema (26 - V- 2017)

Escrito por ApoloyAriadna 16-07-2017 en Poemas. Comentarios (0)


26 – V – 2017


El desierto es un sueño de alabastro
y los antílopes rayados ya no juegan con las dunas.
Toda la grandeza del desierto está bajo sus piedras:
el alacrán que se refugia del sol y la canícula,
el sarpullido de guijarros que sestean bajo el sopor
como lagartos, los restos de una jaima que el viento deposita
en los pedernales malheridos y un reguero de té.
Todas las impresiones en el desierto son gestos
elementales: la mancha ocre sobre el mapa, la caravana
que retorna buscando el frágil surco de sus huellas, 
el traficante de armas con su arpillera de alfanjes 
y un bereber de quince años que nunca 
ha soñado con Venecia. Nada resume mejor 
el desierto que esa locura de calimas.